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Disciplinar no es castigar. Entre la violencia y la negligencia hay un camino posible: corregir con responsabilidad y presencia adulta.
Disciplinar no es castigar. Entre la violencia y la negligencia, hay un camino posible: corregir con responsabilidad.
Hablar de disciplina sin violencia incomoda.
Nos enfrenta con lo aprendido, con lo vivido… y muchas veces, con lo que repetimos sin cuestionar.
Cuando hablamos de disciplinar, lo primero que suele venir a la cabeza es la corrección.
Pero, siendo honestos, antes de esa idea aparece otra: la violencia.
Y por eso, muchas veces, la palabra disciplina suena mal.
Como si disciplinar fuera, en sí mismo, algo negativo.
Pero no lo es.
Disciplinar es corregir el error.
No es castigar.
No es dañar.
No es imponer desde la fuerza.
El problema no está en la disciplina, sino en cómo la ejercemos.
Porque solemos movernos en un péndulo:
Y ninguno de los dos extremos educa.
Confundir crianza respetuosa con “no hacer nada” no es respeto.
Es negligencia.
Y la negligencia también es una forma de violencia.
Muchas veces, al pensar en corregir, aparecen prácticas que están naturalizadas… pero que lastiman.
No todo es golpe.
También hay formas más silenciosas, pero igual de dañinas.
El silencio como castigo
El silencio usado para castigar es violencia.
No hablo de esos minutos que uno necesita para calmarse.
Hablo del silencio sostenido, intencional, que busca herir.
Ese silencio:
Los niños necesitan del vínculo.
Necesitan del otro para construirse.
Y cuando ese otro se retira como forma de castigo, lo que se rompe no es la conducta… es el vínculo.
También vemos lo contrario. Niños desbordados, sin límites… y adultos que no intervienen.
Sí, es cierto:
Un niño no puede autorregularse solo. Pero comprender su conducta no es lo mismo que validarla.
Entonces, ¿qué hacemos?
No pegamos.
No gritamos.
Pero tampoco miramos para otro lado.
Acompañamos.
Contenemos.
Y enseñamos.
Porque un niño necesita un adulto que lo ayude a regularse.
Educar implica asumir un rol, y esto implica poder aplicar disciplina sin violencia.
Implica estar.
Sostener.
Marcar límites.
Porque cuando el adulto se corre, el niño queda solo frente a algo que no puede gestionar.
Y eso también es exponerlo.
La disciplina sin violencia no es ausencia.
Es presencia activa.
Hay algo que necesitamos decir con claridad:
Golpear o maltratar a un niño es un delito. Y el silencio, en estos casos, también tiene consecuencias.
Si sabemos que un niño está siendo maltratado, no podemos:
No intervenir nos vuelve cómplices.
Si presenciamos una situación de violencia:
Si un niño lo cuenta:
Incluso se puede hacer de forma anónima. Pero algo tenemos que hacer.
Hay ideas muy instaladas que siguen sosteniendo la violencia:
“A mí me criaron así y estoy bien”
“Un chirlo no hace nada”
“Es por su bien”
Pero cuando uno profundiza… las heridas aparecen.
La violencia no educa.
La violencia deja marcas.
Y además, escala.
Empieza en algo que parece “mínimo”…
y puede terminar en situaciones mucho más graves.
No alcanza con pensar que otro va a intervenir. No siempre los adultos responsables pueden o quieren hacerlo.
Por eso necesitamos sacar de nuestra vida esa frase tan común:
“No te metas”
Sí, hay que meterse.
Porque involucrarse es cuidar.
Es proteger.
Y muchas veces, es llegar a tiempo.
¿Cómo estamos disciplinando hoy?
¿Desde la corrección… o desde la violencia?
¿Desde la presencia… o desde la omisión?
Si este tema te hizo ruido, te invito a que lo pienses.
Y si sentís que puede ayudar a alguien más, compartilo.
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