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Una reflexión sobre adolescentes sin límites, la ausencia de los adultos y la importancia del vínculo como base para una crianza con sentido.
¿Qué les está pasando a nuestros adolescentes?
Esta es una pregunta que hoy atraviesa a toda la sociedad. Esta realidad se refleja en familias, escuelas y comunidades educativas de todo el país. Y no alcanza con respuestas simples. No alcanza con señalar un caso puntual, una escuela o una situación aislada.
Estamos frente a algo mucho más profundo.
Cuando hablamos de adolescentes sin límites, muchas veces miramos hacia afuera: las redes sociales, las comunidades virtuales, las influencias externas. Y sí, todo eso existe. Pero la pregunta que no podemos evitar es otra:
¿Qué está pasando dentro de casa?
Los adolescentes hoy no solo enfrentan estímulos constantes.
También enfrentan algo mucho más silencioso: la ausencia.

Porque estar no es solo convivir bajo el mismo techo.
Estar es mirar a los ojos.
Es preguntar.
Es darse cuenta.
Esta situación es cada vez más visible en hogares y ámbitos educativos donde los adultos sienten que han perdido herramientas para acompañar.
Un chico que se siente amado, contenido y parte… no quiere destruir eso que lo sostiene. Leer la nota sobre la importancia de la familiar.
Pero cuando eso falta, aparece otra cosa.
A los chicos hoy, muchas veces, les falta de todo.
Les falta cariño.
Les falta dirección.
Les falta una pregunta tan simple como:
“¿Qué vas a hacer con tu vida?”
Y sobre todo, les falta algo clave en la adolescencia:
sentido de pertenencia.
Porque el ser humano necesita del otro para construir su identidad.
Y cuando ese otro no está, o no alcanza…
¿Qué queda?
En muchos casos, frustración.
En otros, enojo.
Y en los más dolorosos, una necesidad de destruir.
Es más fácil mirar las pantallas.
Es más cómodo culpar a internet.
Pero la realidad es más incómoda.
Podemos prohibir el celular.
Podemos limitar el acceso.
Pero no podemos reemplazar el vínculo.
Un especialista en ciberseguridad lo decía con claridad:
no hay control que alcance si no hay presencia.
Y esto no es teoría.
Es sentido común.
Las instituciones educativas y las familias cumplen un rol central en la prevención y detección temprana de estas situaciones.
Hay algo que también necesitamos decir:
los adultos estamos desorientados.
Los cambios culturales nos hicieron dudar de nuestro rol.
Nos hicieron creer que ya no somos necesarios.
Y en esa duda… soltamos.
Intentamos darles a nuestros hijos lo mejor en lo material:
educación, actividades, oportunidades.
Pero ellos no nos necesitan más eficientes.
Nos necesitan más presentes.
Porque el tiempo es vida.
Y a lo que le damos tiempo… le damos valor.
Entonces, ¿Qué podemos hacer frente a esta realidad?
No hay soluciones mágicas.
Pero sí hay un camino claro:
Puede ser difícil.
Puede implicar renuncias.
Pero no es tiempo perdido.
Es tiempo invertido.
Porque estamos formando personas.
Y eso debería ser, sin duda, el trabajo más importante de todos.
Tal vez hoy no se trate de preguntarnos qué les pasa a los adolescentes.
Tal vez la pregunta sea otra:
¿Cuánta presencia real les estamos dando?
Te invito a dejar tu comentario y compartir esta columna.
Abrir estos temas también es una forma de cuidar a nuestros chicos.
Este contenido forma parte de nuestras acciones de orientación y formación dirigidas a familias e instituciones educativas comprometidas con el desarrollo saludable de niños y adolescentes.